Enojarse con Dios [Parte I]

Sentir que no es justo, a veces hace bien.

Enojarse con Dios

 

Crecí en una familia Bautista. Mis abuelos eran pastores. Sin ser fanáticos, pero sí fervientes practicantes me inculcaron la fe desde la cuna (digo inculcaron porque se supone que a esa edad uno no puede elegir) y me enseñaron que Dios era el motor de toda mi vida.

Con el tiempo, los hábitos de culto fueron cambiando. Nos mudamos de barrio, ya no era tan fácil ni tan cómodo asistir a todas las reuniones, la familia se fue distanciando de la paterna, un día se dejó de bendecir la mesa, otro domingo se faltó a la reunión, nos empezaron a tildar de “pecadores” y así, en un santiamén se fue todo a la mierda.

Sin embargo, algunas costumbres no cambiaron. En casa no se permitía fumar, insultar, ni tomar cerveza al principio, costumbres que fueron también declinando una tras otra. Papá retomó el vicio del pucho y ya mostraba a través del bolsillo de la camisa ombú, el largo atado de Le Mans, un día se dijo boludo, al otro se dijo pelotudo, al tercero ya era cara de verga. En la mesa de la picada comenzó a pintar una cerveza Imperial cierto día, después era Gancia o Fernet, y más tarde cosa de todos los días armar una picadita y sentarse a fumar al borde de la pileta.

Mi madre cada tanto retomaba las reuniones, pero la presionaban tanto acerca de la “libertina” vida de todos nosotros, engendros, que terminaba discutiendo con su progenitora y volvía al ruedo de su pecadora familia.

Como a todos, me alcanzó la adolescencia. Como a todos, me alcanzaron los vicios. Agarré el pucho, la birra, puteaba (puteo) como si Fontanarrosa fuera mi nuevo Dios.

Y me hice grande y me pasaron cosas. Me convertí (si acaso uno puede mutar en la vida real) a la fe católica, porque me parecía menos agobiante que la bautista, me puse a estudiar todo lo que encontré, me hice (como me dijo mi profe psicoanalista) una mujer de ciencias, cosa que según la biblia freudiana impide que uno sea contaminado por esa cosa absurda de un Dios todopoderoso y omnipresente.

Sin embargo, recuerdo ciertamente que una vez, al borde de ser condecorada con el arpa por culpa de una irrespetuosa perihepatitis letal, me acordé de Dios y de todo su poder, sólo, creo, sólo porque lo necesitaba.

Agradecida de tener vida (mirá si hay que ser pelotudo) intenté retomar mi vínculo con la familia y la religión, porque, claro, fui medianamente desterrada porque una cosa es no ir a la iglesia y otra irse al carajo, como pensaba o piensa mi madre, pero ciertos lineamientos arcaicos me sacaron de los pelos de esa, ahora, extraña secta que promete milagros en tanto yo vi morir de un terrible cáncer de estómago a mi primo Walter con quien nos criamos, mientras le rezaban y prometían que estaba curado.

Como tanta gente, armé un híbrido de mi propia religión. Tratar de ser buena persona, ayudar a los demás, ser útil para la vida, pedirle a Dios lo que necesitara, pero sin panderetas ni aves marías. Un diálogo de vos a vos, sincero, entre alguien que sabe tus necesidades, pero por alguna extraña razón necesita que se las comuniquemos de forma sensorial para que existan evidencias a presentar cuando las reclamen en el pórtico de San Pedro.

El pacto era sencillo, nada de protocolos como me gusta a mí, bajo perfil y cada tanto dudar de la fe, cosa inherente al ser humano, pero esperando como espera un hijo pródigo, ese pequeño milagro que te muestre el verdadero camino y digás, entre tantas otras cosas, me cerraron el orto.

Con el tiempo me hice mascotera. Muchos de ustedes desconocen afortunadamente, la época en la que los perros eran perros, pasaba la perrera y cargaba con collares ahorcantes a cualquier pichicho de la calle y los sacrificaban. La evolución social permitió que todo ese pasado terrorífico fuera quedando atrás y hoy ya nos es natural tener en nuestras redes, contactos que ayudan a las mascotas procurando su bienestar, pagando sus medicamentos, esterilizándolos, dándoles techo y comida, pero al punto de llegar al fanatismo (parece que el ser humano no entiende de grises a veces) de tal manera que cuando más involucrada estaba en la causa, una de mis compañeras comenzó a agraviarme por el sencillo hecho de no ser vegana. Ya conocerán el discurso “comés a unos, cuidás a otros” bla bla bla. Me harté y también armé mi híbrido del proteccionismo. Cuido perros, gatos, palomas, lagartijas, conejos, hámsters y todo lo que considere que no debería, por alguna extraña razón, estar en la parrilla o en la Essen.

También, a costas de mi nuevo yo, me armé mi propia manada con algunos que fueron llegando a mis brazos, de ellos, tres caniches que en cuestión de dos años llenaron mi casa. Valentina, Lucas y Simurdiera.

En contraposición a lo que hacen las personas en mi vida, ellos tres llegaron para quedarse. Poco a poco se integraron a mis rutinas y comenzamos a armar lo que sería una perri – familia, nos fuimos de vacaciones, nos sacamos fotos, salimos a correr, a pasear, a dar vueltas en auto, y todo funcionaba perfectamente hasta el día 7 de Agosto de este estúpido año.

 

(Continuará...)

 

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