Enojarse con Dios [Parte II]

Historiadero o cosas que nos pasan a los humanos

Igualito que las personas, soy ferviente defensora de que los perros también tienen personalidad. De mis tres pequeños amores, cada uno consolidó una diferente.

Valentina, por ejemplo, es vaga, se le van los días en el sillón, sólo la despabila si quiere buscar solcito o comer algo, que también hace con desdén como si le molestara tener que meterse esa horrible comida para sobrevivir. Eso sí, cuando hay pizza la vida es una fiesta para ella. Se para en dos patitas y va y viene haciendo monerías para ganarse un bocado. Luego retoma su rutina de señora coquetona digna de un cuadro de Rembrandt.

Lucas, en cambio, es todo un macho alfa. Por alguna razón, desde que llegó, se adueñó de mí. No hay momento del día en que esté en casa y no lo tenga pegado. Salta desde donde esté para acomodarse sobre mis piernas y me abraza tiernamente impidiendo que nada que respire se me acerque. Sí, también es agresivo en cuanto a mí se trata. Ya los visitantes saben que no me pueden saludar sin su permiso y que el único que duerme conmigo, es él. Un malcriado.

Cuando llegó Simur en una cajita de zapatos, entraba en la palma de mi mano. Simur fue desde siempre el Benjamín de casa, el más pequeño de tamaño y edad, y su carácter jovial se hizo notar enseguida. Él, curiosamente inmaduro, fue siempre el más festivo y el más demostrativo. Corría de acá para allá todo el tiempo deteniéndose sólo para robarme una caricia o morderme el pelo, asunto que le fascinaba cuando se ubicaba sobre mis hombros.

A la hora de recibirme cuando llegaba a casa, la cola perruna era liderada por él que debía ser el primero en ser saludado o saltaba sobre la mesa y de la mesa a mis brazos lo esperara o no, asunto que también le trajo algunos porrazos y peleas con Lucas.

Su personalidad era notoria en los paseos, él era el único de los tres en llenarse de amiperros a cualquier lugar que fuéramos, así revistieran enormes dientes o lo cuadruplicaran en tamaño, siempre encontraba la manera de hacerse amigos y compartir caminatas con ellos, sintiéndose quizás enorme.

Fue por eso mismo que el día 7 de Agosto, cuando lo noté muy quieto, llamó de inmediato mi atención. Pensé que estaba cansado, pero le quise dar agua y la rechazó, lo mismo el alimento, lo que encendió mis alarmas.

No demoré en consultar al veterinario. Lo revisaron de arriba a abajo, le midieron la temperatura, todo estaba completamente normal, excepto por una molestia a la altura de las lumbares, es decir, sobre sus patitas traseras.

La chica que lo atendió me dijo que seguramente se había dado un golpe fuerte, que le iba a inyectar un analgésico y que lo controlara.

Apenas inyectado, comenzó a saltar, a correr, llegamos a casa y fue directo a su bebedero, comió algo y todo volvió a la normalidad.

Transcurrieron unos 8 días y Simur nuevamente vuelve a levantarse visiblemente decaído. Otra vez sin comer, sin beber agua, sin caminar. Esperé unas horas por si era fiaca (a veces se relajaba tanto que me asustaba, pero simplemente estaba descansando) y como no mejoraba, volví al veterinario.

Lo volvieron a examinar, el dolor persistía en la misma zona, nada de fiebre, ni erupciones, nada de nada más que ese dolor. Le colocan otro inyectable, pero esta vez, con menos respuesta.

La veterinaria me indicó unas placas para el otro día por la mañana y me dio unos analgésicos más. Volvimos a casa, se acostó en el sillón y no se movió en toda la tarde.

Cerca de las 18 horas, me acerqué para controlarlo y me saludó amigablemente, con poco ánimo, pero algo mejor.  Lo ayudé a bajarse para sacarlo a hacer pis, y se cayó de lado. Me alarmé inmediatamente, lo alcé nuevamente para acostarlo y me di cuenta de que se había orinado encima en el sillón.

Simur no medía más de 20 centímetros y pesaba cuatro kilos. Llamé al veterinario y a un taxi mascotero, me dijo que lo llevara nuevamente. En tanto hacía la llamada, escucho un golpe y lo veo tirado junto al sillón, me acerqué urgente y lo alcé, tenía una patita extendida y estaba severamente desorientado. Busqué una manta, lo envolví y mientras esperábamos el taxi comenzó a convulsionar. La situación era desesperante, abrí la puerta con él envuelto y mientras miraba si llegaba el puto taxi y lo veía a él extinguirse, alcé los ojos al cielo una vez más. Apenas despuntaban algunas estrellas y hacía mucho frío. Yo temblaba, pero de terror, y le pedí, le rogué, le supliqué a Dios en voz alta:

-Dios no, no nos hagás esto, por favor.

Al momento llegó el taxi, me metí corriendo y partimos a pocas cuadras que está el consultorio. El veterinario me esperaba en la puerta.

Efectivamente estaba convulsionando, le puso suero, medicamentos, le metió una pastilla, de a poco, su cuerpito se fue relajando.

Pocas veces sentí tanto miedo, y eso que me han pasado cosas muy tristes, pero el miedo digno de temer la pérdida de alguien a quien amás, así sea esa cosita peluda de nariz de aceituna negra y cuatro kilos de ternura.

El tipo me dijo que era moquillo. Una rara especie de moquillo que da a las mascotas vacunadas, que es neurológico y que estaba grave. Que la fase era nerviosa ya, que tenía que pasar las convulsiones y ver, que le iban a quedar secuelas (¡qué me hubiera importado!) y que tenía que quedar internado.

Estuve como dos horas más ahí, abrazándolo y nuevamente, se lo encomendé a Dios, convertida en esa especie de hilacha humana que te hace sentir la vulnerabilidad. Es cuando decimos, viste, no somos nada.

El veterinario me acompañó a la reja y eso fue todo por esa noche, tuve que volver a mi casa a pensar en lo estúpida de la existencia humana.

 

Esa noche fue una de las más largas para mí, no pude pegar un ojo, esperaba que amaneciera para ir corriendo a verlo, saber de él, traerlo a su casa conmigo.

A primeras horas llamé al veterinario y me dijo que estaba mejor, las convulsiones habían parado, que tenía un tic en una patita que íbamos a tener que ver después y bla bla bla. Que lo dejara durante la mañana para completar la mediación y que a las 17 horas fuera a buscarlo.

El mundo se me iluminó, mientras iba al trabajo, agradecía a Dios por su generosidad, por su inmenso poder, por su milagro.

Estaba sonriente y de camino de regreso, mientras me preparaba para salir recibo una llamada del veterinario. Eran las 16:18.

-Hola, te llamo porque tengo malas noticias- me dijo.

Me senté y como si me hablara desde alguna cueva escuché algo como “no lo logró” y me empezaron a temblar las manos y se me cayó el teléfono.

No recuerdo nada más de la siguiente media hora.

 

(Continuará...)

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