Enojarse con Dios [Parte III]

Capítulo Final de la saga. Gracias.

Mi perro volvió de la veterinaria en una caja, muerto. Envuelto en la misma mantita que le había dejado yo.

Lo enterramos en casa. Lo abracé otro largo rato, acariciando su lomito rizado en un mar de lágrimas, antes de dejarlo. Corrí adentro y me tiré en la cama debatiéndome entre la tristeza y la bronca.  Lloré a gritos, como si me arrancaran un pedazo y me las agarré con Dios.

Me habían mentido el milagro. Me sentí estafada, sentí que la divinidad se burlaba de mí y de mi pobre condición de humana. Pensaba que no hubiera costado una mierda que saliera vivo, digo yo, para alguien tan poderoso, la vida de un pobre animalito ¿qué diferencia hubiera hecho en los complicados entramados del destino? ¿Era alguna especie de castigo?

Apagué la luz del dormitorio, con la triste esperanza de que todo fuera un mal sueño, una pesadilla de mierda que me había arrebatado a mi Simur, esperando despertar y verlo saltando sobre la cama a saludarme como tantos años. Las horas parecían de plomo. Sin otra forma más que lidiar con mi dolor que alcoholizarme y putear a Dios, me desvanecí en la noche para que el amanecer, además de una horrible resaca, me mostrara que no había marcha atrás.

La ciudad amaneció llovida, yo sentí que iba a perder la cordura. De a ratos se me ocurría que mi perro no podía estar ahí afuera, que él odiaba las tormentas, les temía, quería desenterrarlo y traerlo conmigo. La mente humana es un arma muy frágil cuando se ve acorralada.

No tenía voz, estaba tan superada por la situación que me recluí del mundo a llorar mi pérdida y buscar consuelo desesperadamente en palabras de otras personas que pudieran sentir lo que yo.

Mi hermano me llamó para recordarme que tenía que llevar a los otros dos a controlar, porque si era ese tipo raro de moquillo tan fatídico, había altas posibilidades (palabras del veterinario) de contagio y similar desenlace.

Así que no quedaba otra que juntar mi mísera alma y llevar a los otros dos, pero no ahí. No donde me habían devuelto a mi perro en una caja. Necesitaba otro lugar.

Conseguí, mejor dicho, me recomendaron, otra veterinaria. Ahí fui con Lucas y Valen, fueron atendidos y reforzados. Esta vez, el diagnóstico contraponía al anterior. Ellos no tienen nada, me dijo la chica. Y fue una pequeña luz entre tanta oscuridad.

Los reforzamos y controlamos, pero el diagnóstico fatal que habían aseverado antes poco tenía de real en lo sintomatológico. Simur pudo haber muerto de cualquier cosa, menos de moquillo. Una falla renal, cáncer, diabetes, fueron algunas de las pistas.

Con los días, sentí el abrazo de mis amigos y mi familia (los que valen la pena) consolándome. Todos tenían una historia triste para contar, algunos se ofrecieron a conseguirme otro perro, otros a ajusticiar al veterinario, cada uno ofrecía lo que le salía del corazón.

Leí una carta, en mi búsqueda espiritual de consuelo que me tocó el alma y ahí comenzó mi sanación.

Te invito a leerla en el siguiente enlace, respetando el derecho de autor de su creador.

http://www.europapress.es/desconecta/viral/noticia-emotiva-carta-explica-perros-no-mueren-20140717132050.html

Ese día decidí que mi Simur debía ser recordado con la alegría que lo caracterizaba. No, yo no podía estar hecha un trapo porque él odiaba verme así. De a poquito comencé a ver las cosas de otra manera. No te digo que estoy bien, es más, ahora mismo me saco las lágrimas de los anteojos mientras te cuento esto.

Soy plenamente consciente de que, para algunos, bueno, es un perro, que quizás suene exagerado el drama de mi duelo y sus fases, tan similares a cualquier pérdida, pero sí sé que me siento orgullosa de haber compartido un pedacito de mi vida con él.

Hoy puedo decirle a mi Simur, que lo extraño a tal punto que todavía estiro las piernas esperando sentir su cuerpecito en mis pies, que sigo llenando tres comederos y esperando cada tarde cuando regreso a casa, sentir su salto aérobico desde la mesa a mis brazos y sus demostrativos lengüetazos.

Con respecto a mi relación con Dios, hoy siento que nunca voy a comprender algunas de sus actuaciones, en mi caso, yo perdí una partecita de mi familia, hay gente que pierde un hijo y creo que no podría explicarse nunca semejante dolor sin sentir algo de rabia.

No sé si existen los ángeles con alas y huevadas por el estilo, los míos tienen cuatro patas y colita, y no sé si existe un cielo, pero me niego a ir donde no me reencuentre con mi perro Simur, y mi tan amado Valentín que partió también hace muchos años.

No creo en eso de lo que no te mata te hace más fuerte, yo no quiero ser más fuerte, quiero ser feliz y creo que paradójicamente, nuestras acciones poco tienen que ver con eso, que es una cuestión de algún turbio azar que se reclina cada día sobre cada uno de nosotros.

 

Fin.

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