La higuera de la nona

Relato corto de la niñez y había una vez

La nona vivía a media cuadra del hogar de mis abuelos. Su casita estilo colonial, ocupaba toda la esquina. Ciertamente, era de las más humildes del barrio. Recuerdo que tenía rajaduras en casi todas las paredes y que el techo de chapa, oxidado, cimbraba ante cada tormenta.

En el patio delantero habitaba una suntuosa higuera. Sus raíces habían sido capaces de dominar todo el suelo de tierra, emergiendo en cada uno de los puntos cardinales capaces de desafiarlas.

Además de la higuera, en la casa de la nona, vivían Beto y Ariel, que en ese entonces habrán tenido como yo, entre cinco y siete años. Nunca preguntamos, pero se suponía que eran hermanos por el parecido físico, entallados ambos en trajes Adidas verdes y borravino respectivamente, y sendos cortes de cabello redondos que hacían sospechar que era la misma nona oficiando de peluquera en las frías tardes de junio.

Íbamos a diferentes escuelas, pero todos al turno tarde. En el pequeño tramo entre la merienda y el anochecer, nos dedicábamos a visitar a la nona y su higuera. Jugábamos a las escondidas en tanto ella tejía carpetas de crochet sentada en su silla hamaca al borde de la ventana. La recuerdo con una sonrisa. La recuerdo con un rodete blanco entallado en una peineta prolijamente acomodada en la nuca. Recuerdo sus manos temblorosas acercándonos tazas de chocolate y galletitas boquita de dama, en nuestros descansos bajo las ramas de la higuera.

Su andar lento, aprovechaba la coqueta manía de alisar la blanca mantilla que cubría sus hombros y las medias de nylon se iban plegando sobre las pantuflas agujereadas que desafiaban las prominentes raíces que dotaban su patio de la mística feliz de los recuerdos de infancia.

No sabíamos, ni nos importaba saber, el por qué Beto y Ariel vivían ahí, con la nona. No sabíamos cuándo habían llegado ni cómo. Esas cuestiones escapaban a nuestras conversaciones y todo lo que importaba, era compartir una chocolatada y algunas historias de terror a la par de una fogata.

Cierta tarde, el regreso de la escuela nos deparaba otra rutina. Lisa y llanamente se nos dijo que no podíamos ir a la casa de la nona.

Supimos después, mucho después, porque en ese entonces no se discutían las órdenes de los adultos, que la nona había fallecido. No supimos cómo, ni cuándo, ni tampoco teníamos muy claro qué era morir. Uno llega al mundo creyéndose eterno.

Tampoco supimos de Beto y de Ariel. Nunca más volvimos a verlos. Algunas tardes, tuvimos el valor de treparnos por el tapial a espiar la casa, ya completamente abandonada, nada más que para confirmar que ahí, ya no quedaba nada para nosotros, excepto la higuera que continuaba impávida ante el abandono masivo acaecido una tarde de julio de mi niñez.

Hay cosas que pasan como un rayo por la vida, algunas siquiera tienen el pavor de una enseñanza. Están porque tienen que estar. En mi caso, la nona forma parte de mis recuerdos de infancia que quizás ni siquiera sean reales. Reales en el sentido de que la memoria, ya sabemos, rellena agujeros que quizás ni felices, ni contundentes, pero estiliza ciertas vivencias que nos acompañan el resto de nuestros días.

Hoy, tengo en mis recuerdos, el sabor agrio de un higo inmaduro, las sonrisas de rayas verticales de dos amigos a los que quizás he cruzado alguna vez en alguna avenida sin reconocer, mi primera experiencia ante la muerte como la desaparición física repentina de una abuela que te tiende una taza grumosa de chocolate caliente mientras teje carpetas que entraman también, todos mis sueños al ritmo perenne de “el que no se escondió se jodió”.

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oa <3