Un Incómodo Milagro

No todo es lo que parece, a veces es más asombroso aún.

Desde aquella noticia en la que decidí ser periodista independiente me ha pasado de todo, pero tenerla a Clara Duval delante mío es una oportunidad que nunca pensé que iba a tener. Con menos de 500 habitantes, con sus casitas de madera rupestres, sus ovejitas y vacas, rodeada de cordilleras y frondosos pinos, la pequeña villa de Rocha parecía sacada de la portada de una postal. De todos modos, nadie nunca te va a decir que la recuerda por ninguna de esas razones, porque todo el mundo sabe que en Rocha fue donde cayó el meteorito. Esto sería la noticia más extraordinaria que jamás pasó sino fuera porque al otro día pudimos ver algo aún más asombroso; no se registraron muertos…, un meteorito del tamaño de una cancha de fútbol impacta de lleno en el pequeño poblado, ¡y no hubo ni un solo muerto!, ni siquiera se registraron heridos.

En su momento la famosa periodista Clara Duval realizó la investigación del caso que más adelante formó parte de el –ya clásico– documental: “El milagro de Rocha”. Clara concluyó que lo vivido se trató de una sugestión colectiva por parte de la gente y poco más que eso.

–Vamos Clara, nunca lo creí ni por un segundo y tampoco te creo ahora –dije, mientras le ofrecía mi encendedor.

–Lo dije en ese momento y te lo repito, eso es lo que pasó –reafirmó, mientras se encendía otro cigarrillo.

–No insultes mi inteligencia, por favor, ¿alguien sabe algo más de lo que pasó en Rocha? –la interrogué mientras me esquivaba la mirada.

–Te voy a ser franca aunque pueda sonar grosera, si acepté encontrarnos en este bar fue porque revisé tu blog y he visto mucha pasión y dedicación en tu trabajo periodístico. Como periodista tenés que saber la importancia de proteger nuestras fuentes así que te agradezco el café pero creo que esta entrevista ya se terminó.

–Voy a ir a Rocha y voy a descubrirlo por mí mismo –atiné a decirle antes de que abandonara el bar.

Se dio vuelta para mirarme y no dijo nada por unos segundos. Finalmente se acercó para susurrarme algo aunque el bar estaba casi vacío.

–Rocha es un pueblo muy chico, basta con ir preguntando acá y allá para encontrar a quién sea. Elizabeth habrá tenido tres años cuando hice la nota, sería bueno que trates de encontrarla.

Sin más se dio la vuelta y salió del bar sin mirar atrás, como si nuestra entrevista nunca hubiese sucedido. Con toda certeza puedo decir que no voy a volver a ver a Clara, y lo lamento mucho, pero a cambio me regaló el dato que necesito para empezar mi propia investigación sobre el caso y esta oportunidad no la puedo dejar pasar.

Rocha está verdaderamente sacada de un cuento de hadas, la gente es muy amigable y solidaria, tanto, que casi me duele que todo no sea más que una gran mentira. Como periodista independiente después de años de casos lidiando con mentirosos y estafadores los huelo a kilómetros de distancia. Pero sigo el juego porque también sé que el esfuerzo por tratar de encubrir un secreto es directamente proporcional a la importancia del mismo, y esta gente está ocultando algo grande.

Admito que el día que dí con Elizabeth sencillamente me había entregado a la belleza de este paraíso en la Tierra. Caminaba por los bosques de pinos subiendo una colina buscando un lugar para sentarme a disfrutar el paisaje y fumar tranquilamente cuando, desde un pequeño peñasco, pude ver una niña que estaba por arrojarse al vacío. Una ráfaga de adrenalina pura bombeó violentamente en mi corazón y corrí como nunca lo hice en mi vida, alcé mis brazos y la atrape justo a tiempo para evitar una tragedia.

Apenas la dejé en el suelo pude ver que era una niña preciosa, su belleza era imponente, como ver una puesta de sol en primavera.

–Tenés que tener mucho cuidado cuando jugás en lugares altos –dije, adoptando un tono paterno bastante forzado.

–Gracias, me llamo Elizabeth –murmuró, haciéndome creer por un instante que los milagros todavía existen.

Decidimos volver al pueblo y me invitó a comer en su casa como agradecimiento. Elizabeth me explico que sus padres fallecieron hace unos años y que desde entonces vivía con su madrastra. Su madrastra no estaba pero ví que la invitación seguía en pie cuando ella misma  –ni lenta ni perezosa– se puso manos a la obra.

–Está muy rico –dije con total sinceridad–. ¿Siempre cocinas vos?

–Casi siempre, mi madrastra viaja bastante, es una mujer muy activa pero me quiere mucho y yo también la quiero –comentó un poco triste.

Clara me dijo que Elizabeth es la clave para descubrir el secreto de Rocha así que desde que nos encontramos me dediqué a hacerle compañía. El comportamiento de la gente cuando están con Elizabeth es muy extraño, he llegado a pensar que toda esa fachada acaramelada de “vecinos adorables” no es un teatro para los visitantes sino para esta niña. Todos la quieren ver feliz a toda costa aunque desconozco el porqué.

–La gente te quiere mucho, sos una chica con suerte –le dije en una ocasión, mientras caminábamos por el bosque.

Se movía solamente porque las piernas la llevaban, parecía estar perdida en sus pensamientos. De repente se detuvo en seco.

–No fue un accidente, salté porque me sentía muy triste y no quería que la gente se enoje conmigo de nuevo –contestó con la mirada dirigida al peñasco de hace unos días atrás.

Me golpeó profundamente su declaración. La tomé suavemente por los hombros y fije su mirada en mis ojos.

–Sabés que podés contarme lo que sea Elizabeth, quiero que confíes en mí.

En ese momento se esforzó mucho por contener el llanto, mientras me daba golpecitos con sus puños en el pecho, pero lo consiguió.

–Está bien, vas a saber la verdad –afirmó con tono seguro.

Luego de lo que la chica me dijo... bueno, definitivamente necesitaba verlo por mí mismo. El secreto fue que todos los habitantes de Rocha son “especiales”, es  decir, tienen habilidades más allá de lo ordinario, pero lejos del típico “superhéroe” de cómic. Marta, la señora de la panadería, podía cambiar el color de algunas flores estornudando sobre ellas. El abuelo Raúl podía comunicarse con los muertos, pero solamente para jugar al ajedrez. Joaquín, el hijo del peluquero, podía volar por el tiempo que pudiera aguantar su respiración y un largo etcétera de los “superpoderes” mas ridículos que uno pudiera imaginar. El más llamativo es el de una chica que cuando sufre mucho –como cuando sus padres fallecieron en un accidente– hace que caiga de los cielos una enorme bola gaseosa, que muchos podrían confundir hasta con un meteorito, que al impactar con la tierra se disipa como poco más que una colorida niebla.

Me imagine que ninguno quería terminar como conejito de indias en algún laboratorio de ciencias y le asegure a Elizabeth que el secreto seguía a salvo conmigo. Esa noche nos dirigimos a comer a su casa como siempre y para alegría de la niña comprobamos que su madrastra había vuelto.

–Pero si son mi niña y mi periodista favoritos –dijo Clara, mientras recibía el contundente abrazo de Elizabeth.

–Tanto tiempo sin vernos –dije mientras me encendía un cigarrillo y pensaba en lo mucho que me gustaría alejarme de la ciudad para vivir en un lugar más agradable.

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